10 jul. 2009

Invierno

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Podría buscar muchos eufemismos a este padecimiento mío, pero es mejor ir a las palabras directas y sin rodeos: soy gordo y tengo mi panza prominente que se asoma por debajo de la remera, mis brazos tienen grasa por debajo que atraída por la gravedad baila por el aire. En mi pecho dos pequeñas prominencias que alguien muy malvado llamaría tetas solamente para hacerme sentir mal y lo lograría. La cosa es que soy gordo y por eso en verano nunca me atrevía a sacarme la remera a menos que fuera estrictamente necesario para ir a una pileta o a la hora de meterse al mar si teníamos la suerte de ir de vacaciones. La típica vergüenza de adolescente acomplejado con su cuerpo porque ser gordito está mal y todos deben burlarse de ello.

De todas formas mi intención no es escribir un manifiesto acerca de la relación de la sociedad con sus gordos ni mucho menos. Toda esa introducción sirve para explicar que me gustaba más la época otoño-invierno porque como había que usar más ropa para evitar al frío entonces todos esos pliegues de grasa, esa humanidad que sobraba de mi cuerpo se podía disimular mucho más fácil entre grandes camperas de polar, bufandas y guantes de lana. Entonces uno no tenía que andar sacándose la remera ni nada por el estilo. Con el frío y con tantas ropas, todos parecíamos gordos torpes que no podían moverse por tanta cantidad de abrigo.

E igualmente no sólo me gusta el invierno por eso. Si bien sigo acomplejado por mi cuerpo, realmente me importa menos que antes ello. El invierno también simboliza el frío, pero también la pureza, el aire limpio y filtrado. Es como si al planeta lo pusieran seis meses en un habitación con muchas estufas, y se la pasara transpirando, con el aire enviciado por el monóxido de carbono y las consecuentes dificultades respiratorias. Entonces, cuando se acaba el período, el planeta es libre en un lugar donde no hace calor, está fresco, hay mucho aire limpio y puro. Esa era mi sensación cuando llegaba el invierno. Me di cuenta además que me gustaba el invierno, porque a la tarde cuando volvía del colegio en lugar de yogur frío, había mate cocido con leche bien calentito, la estufa prendida y torta frita con mermelada de durazno. Creo que no había mayor placer que ese, o quizás ahora idealizo demasiado aquél momento tan lindo como era la merienda.

Finalmente otra razón por la cual amé al invierno, fue que todas las buenas épocas de mi vida suelen coincidir que se dan en épocas de frío. Recuerdo a mi primer amor, la siempre sonriente Sabrina, que como se moría de frío, le gustaba andar abrazado a la gente para quitarse el frío. Obviamente que yo era uno de esos sujetos y obviamente que por dentro esperaba que me abrazara. En invierno sufrí mi primer desengaño amoroso y en primavera odiaba a todo lo que tuviera que ver con el amor, corazones y sentimentalismos.

De mi primer amor, pase a mi primer novia. Pareciera que el adjetivo “primer” le agrega una especie de valor mucho más infinito y especial a las cosas, primer día de clases, primer beso, primera novia, primera vez, primera clase. Todo lo sucesivo, excepto lo que tenga una consecuencia real en la actualidad, no importa. Entonces, esta primer novia, sobrevalorizada por ese adjetivo, pero que de todas formas tenía su valor propio, llegó una tarde que no era de invierno para ser exactos, era del ocaso del otoño, pero hacía mucho frío. Las camperas y los guantes estaban a la orden del día, y también los abrazos disimulados en intentas de robar el frío. Bajo un árbol de madera y una flor de metal, el frío fue algo anecdótico que se mezcló con besos inmaduros y abrazos tímidos, pero sinceros. Como un broche de oro, recuerdo que a los dos días, nevó y mucho como un gran invierno frío que venía a sellar ese amor que en realidad no fue recordado por su duración sino por su intensidad.

Al invierno siguiente esa novia era un recuerdo que me angustiaba por las noches, pero sólo eso. Estaba con una mujer mayor que yo que tenía una hija viajando en un colectivo por la cual sentí un cariño de hermana mayor, mientras que por las frías noches me encontraba con una colega del trabajo que quería las estrellas pero a la que sólo míseros foquitos de luz pude dar.

Ahora estamos en otro invierno nuevo que se acerca y ahora me dedico a mirar a la luna. Está tan lejos, pero la siento tan cerca de mí, tan bella, tan plateada… pero tan, tan lejana que uno desea estar con ella y aunque te tilden de loco, de delirante, de todas formas lo desearás y poco te importará. Deseo caminar por la calle y sentir ese frío, acompañado por ella, que está lejos, pero siempre está. La luna, plateada y bella, imposible, pero tan cercana. De todas formas, confío una vez más en el invierno, en el milagro del invierno, en el frío, la renovación. Yo sé invierno, que vos, vos no me vas a fallar. Al menos, hasta que llegue la primavera.

23 jun. 2009

Insomnio

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InsomnioAnoche no pude dormir. Dormí, sólo un ratito. Había intentado pasar el día domingo fuera del mundo de la Internet, en la casa de mí tía, concentrado en cosas más importantes como jugar al Winning Eleven (“¡Pro Evolution Soccer!”, gritaría indignado mi primo mientras me hacía otro gol con el jugador que él predecía que iba a hacer el gol), mirar el homenaje oportunista de Telefe a Alejandro Doria y perder plata en la lotería contra mi abuela que siempre, pero siempre nos gana a todos, mientras yo espero que el poroto que tengo en la mano tenga como objeto tapar ese número que me falta para vitorear “¡línea!” y hacerme el acreedor orgulloso de unos míseros ochenta centavos. Cuando ya me cansé de perder moneditas me fui a la PC de mi primo a romper esa racha sin conexión ADSL con el mundo. Pero me contuve y lo único que atiné a hacer fue poner YouTube y esperar que el streaming cargue el último capítulo de Naruto que había dejado inconcluso. Enseguida me acompañaron mi hermana y mi primo, y entre los tres nos burlábamos de esa forma de canturrear que tienen los japoneses al hablar. Y de paso intentaba entender algo de lo que decían sin mirar el subtitulado, como haciendo que sabía del idioma, aunque el único contacto que había tenido fue el de una estudiante de japonés de un país limítrofe que me enseñaba a cuentagotas mientras nos colgábamos a hablar sobre otras cosas más o menos importantes.

Comimos las sobras del mediodía a la noche. Hacía frío y mi tos causada por mi querida estación fría no cesaba. Sin embargo eso no me quitaba el apetito. Cuando nada me llamaba la atención mi mirada se perdía en cualquier punto impreciso de la habitación. No le había dicho feliz día del padre a mi papá, ni tampoco le había regalado una afeitadora ni un Personal con plan de no sé qué carajo. Y no me sentía culpable, porque a mí papá le decía que lo quería cuando a mí se me cantaba en las pelotas. Tampoco les dije feliz día del padre a mi abuelo, a mi tío, a mi padrino. No sé si fue porque sentía lo mismo que con mi papá o porque me daba cosa decirles a ellos feliz día del padre cuando a mí papá no se lo había dicho. Por eso decidí no hacer mención sobre el tema y para mí aquél fue un domingo normal. Como cuando el día del niño ya no era nada importante para mí y no me importó, tampoco me importó que fuera el día del padre o no.

Cuando no pensaba en la lucha entre la culpa por no decir un forzado feliz día y lo comercial del día o no, me ponía a pensar en muchas personas. Primero en ella, por supuesto, que por eso la resalté con itálicas. Había pasado el día fuera de todo justamente para ver si eso le afectaría o no de alguna manera. Después me di cuenta de que era estúpido pensar eso porque justo yo no soy el centro del Universo, y menos del suyo. Entonces me planteé que en realidad quería ver cómo reaccionaba yo, y el resultado fue que todo el tiempo me ponía a pensar en ella y en qué andaría. Enseguida me sentía un estúpido, pero más estúpido todavía por quererla demasiado.

Al final, como a las diez de la noche mi papá se cansó de estar en lo de mi tía y se despidió para que nosotros lo siguiéramos y volver a casa. El frío era intenso allá afuera y tuvimos que ir parte del viaje en auto con las ventanillas abiertas para que se desempañaran los vidrios. Intentaba concentrarme en la música de la radio, pero no pude. Pensaba en cuando llegara a casa, si me iba a conectar o no, para ver si le hablaba de cosas que no le interesaban y yo intentaba a su vez saber cosas de ella, sólo por querer saber todo acerca de ella. Pero cuando llegué no quise prender siquiera la computadora. En su lugar me nebulicé por el tema ese de la tos y me puse a leer la Casa de los Espíritus que, ¡oh casualidad! me hacía recordar a ella porque me había contado que era uno de sus libros favoritos y que había odiado la película. Al final de la nebulización decidí echarme a dormir temprano para al día siguiente despertarme temprano. La taquicardia que me provocaba el salbutamol me tranquilizaba de cierta forma, y aunque me costó finalmente me dormí.

Soñé que iba a una heladería con mis padres. Mis padres se hacían un lado para tomar su helado y yo… creo que me quedaba sin helado. Enseguida me encontré sentado alrededor de otras personas, y enseguida vi que todos estaban en parejas de hombres con mujeres, incluso yo. Se suponía que todos representábamos la pareja de una película u obra romántica y que todos, excepto mi pareja aceptaban a su par. Enseguida me sentí un inútil e hice un chiste del que todos se rieron, pero que no evitó que mi pareja me aborreciera. No le encontré significado al sueño ni en cómo relacionarlo con mi realidad. Cuando me di cuenta que el sueño había terminado me desperté. Eran las cuatro de la mañana y no me pude volver a dormir. Agarré el reproductor de música que tenía un solo auricular y puse música para que me ayudé a soñar de nuevo. Pero la música avanzaba, yo cerraba mis ojos, acomodaba la almohada, canturreaba la canción que sonaba en mi cabeza, me volvía a dar vuelta, acomodaba la sábana, la frazada. Otra vez daba vueltas, volvía a pensar en ella, una vez más, me daba otra vuelta, escuchaba otra canción. Me sentía como cuando me agarraron los dolores de panza el año pasado, pero por suerte no había dolores. Pero no podía conciliar el sueño. Dicen que el insomnio se produce por el estrés que causan las preocupaciones laborales, familiares, económicas, pero nunca mencionan al amor las enciclopedias y los vademécum.

Eran las seis de la mañana, y yo no podía cerrar un ojo. Entonces prendí el velador y me puse a leer de vuelta el libro de Isabel Allende, el que me hacía acordar a ella. Pensé que al leer un par de páginas me iba a dormir, pero en su lugar quedé atraído por la lectura de tan maravillosa obra. Me agarró hambre y fui a buscar algo para comer. Encontré un alfajor que comí mientras seguía leyendo y cuando me di cuenta ya había acabado de leer dos capítulos más. Dejé el libro y me obligué a dormirme. Por un momento, no sé si lo soñé o lo recordé comencé a recapitular momentos de mi vida y obvio que esa mujer que me perturbaba día y noche con esa presencia que me causaba atracción y calor en el pecho fue una de las protagonistas de esos recuerdos. El sol, la luna, la arena, el chocolate, el abrazo, el frío, las estrellas. Recordé aquellos dos días de frío y con un insomnio similar a este, pero no tan intranquilo y nervioso. A las ocho y media sonó el despertador y yo recién comenzaba a dormitar. Esa era la hora que tenía pensado levantarme para acomodar mis cosas y estudiar, pero en su lugar quise dormir para tener aunque sea media hora más de sueño.

Recién ahí pude dormirme. Me desperté a las once de la mañana, como hubiera sido si me hubiera acostado a las tres y media de la mañana como todas las noches. Me sentí furioso, pero el peso que ejercieron sobre mi cuerpo las pocas horas de descanso no me dieron mucha energía para enojarme. Me levanté y me bañé para sentirme más limpio y reparado. Esa mañana decidí que perdería otra noche de sueño para escribir todo este relato y por supuesto, al mismo tiempo, seguir pensando una y otra vez, en ella. Y nadie más que en ella.

(Fotografía: Flickr - “Insomnio”)