16 oct. 2010

Los observadores

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Los observadores queremos verlo y sentirlo todo. Caminando por Directorio se puede encontrar uno con un pedacito del mundo, uno chiquitito, el que apenas podemos abarcar con nuestros dos pequeños ojos, en caso que tengamos ambos, con uno solo, en el caso que falte uno o con ninguno, si carecemos de ambos o de la funcionalidad de ambos. Con los oídos lo mismo. También podemos absorber el olor a ciudad que flota, pero digamos que el olor sencillamente lo vamos a dejar de lado.

En ese pedacito vemos muchas cosas al azar o no. Es un pedacito de mundo que abarca nuestros sentidos, los que tengamos a mano. Enseguida nos cruzamos con una personas y somos parte de su pedacito de mundo por el instante en que nos mira porque nosotros lo miramos para incluirlo momentáneamente en el pedacito de mundo, pieza de realidad podríamos decir si queremos hablar en términos más… términos propiamente dicho. Puede darse la ocasión en que esa persona que cruzamos e incluimos en la pieza de realidad sea conocida, entonces su inclusión será más prolongada, pero de todas formas no formará permanentemente de nuestra pieza de realidad. Podemos seguir hilando fino y hablar de pieza de realidad aparente, porque la realidad es la que aparentemente se aparece ante nuestros sentidos, pero nadie podría asegurar que esa realidad sea la realidad real. De todas formas sigue siendo una realidad, una realidad hecha de imágenes y conceptos en nuestra mente.

Entonces cruzará Directorio y esta se convertirá en Emilio Mitre. Podemos, antes de meternos en la boca del subte tomar en cuenta el olor del pan y las tortas horneadas que se mezclan con el fuerte olor a pescados, mariscos y lavandina del local del al lado. Una vez debajo ya se dará cuenta que nuestra pieza de realidad aparente es demasiado limitada, porque uno sólo puede percibir la propia.

Ahí, el observador se da cuenta que de quiere escapar, salir del cuerpo y apropiarse de una pieza de realidad aparente ajena y tener nuevas realidades que se sumen a una realidad universal que se formará en esa alma que irá saltando de cuerpo en cuerpo, robando piezas, pungueando piezas de realidades distintas, clasificándolas, aislándolas, estudiándolas para crear un cúmulo de realidades donde enseguida descubra cosas que no tuvo en cuenta en otras piezas de realidades aparentes, donde descubre que algunas piezas tienen cosas en común, cosas que no, cosas que se tienen en cuenta en algunas y en otras ya no.

El error está en creer que juntando pedacitos de mundo, pedacitos de realidad, piezas de realidad o piezas de realidad aparente, se formará un mundo entero, una realidad entera o una realidad entera aparente. El observador sólo ha juntado piezas en distintas gavetas y no sabe qué hacer con ellas, cómo clasificarlas, cómo llegar a un método para acomodarlas.

Se rinde, pero se encuentra con otro problema: no sabe ni a quién pertenecía cada pieza de realidad aparente. Entonces corre echando más o menos cada realidad dónde le parece que va. No nota que se queda con la suya, que no es la suya y cuando la devuelve no se da cuenta que esa pieza no da importancia a los otros pedazos de realidad, y ahí enseguida cuando la devuelve a su cuerpo que no es el que debería poseer esa pieza, muere este relato.

28 jul. 2010

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Desesperación/en un Haiku pre final/(a)gramatical

Noeslomismoque

vostevengasquedecir

quevosvengaste

3 jul. 2010

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Haiku de la semana de la dulzura

Chocolate con
besos con golosinas
y (en) (con) (el) verso

7 jun. 2010

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Haiku del lunes a la madrugada

Irconstrure sé

errromp también pero no

son ascas esto.

31 may. 2010

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Haiku del lunes a la madrugada

oi digo algo

y no se desirlo bien

por eso cayo

24 may. 2010

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Haiku del lunes por la madrugada

Volar es como

eso es simplemente

volar es eso.

17 may. 2010

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Haiku del lunes a la madrugada

Cualquiera haikus

escribe entonces yo

¿no puedo también?

24 abr. 2010

Nombres anacrónicos

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En la película del-sábado-por-Telefé, Locuras en la Edad Media (Black Knight), el actor Martin Lawrence interpreta el papel de Jamal, un empleado de un parque de diversiones medieval que cae a un lago y quien mágicamente termina en la Edad Media. Cuando llega a ese lugar y se relaciona con la gente de la época decide tomarse una licencia anacrónica y llamarse Jamal Skywalker en honor al legendario personaje de Star Wars.

Yendo a películas un poco más exitosas, en la trilogía de películas Volver al Futuro (Back to the Future), Marty McFly viaja al pasado con el Delorean y en otro hecho anacrónico (aunque esta vez involuntario) termina llamándose Calvin Klein, por sus calzoncillos. En la tercera entrega, al viajar más en el tiempo, a la época del Far West, esta vez sí elige su nombre anacrónico, Clint Eastwood, en honor al gran actor de películas de western.

Está claro que en las ficciones de viajes en la cuarta dimensión, el uso de nombres anacrónicos es común y le da un toque de humor a la historia, y sería el resumen de lo que implicaría un viaje en el tiempo, el anacronismo absoluto.

A pesar de todo, esto que descubrí anoche de forma casi accidental, supera todas las expectativas. En 1810 había un grupo de islas llamadas las Islas Hawái que estaban separadas, hasta que un rey, por medio de batallas logró unir a todo el archipiélago y fundar así el Reino de Hawái. Su líder, este rey se llamaba Kalani Paiea Wohi o Kaleikini Keali`ikui Kamehameha o `Iolani i Kaiwikapu kaui Ka Liholiho Kunuiakea, Rey Kamehameha I para los amigos. Sí, rey Kamehameha, como el famoso ataque de Son Gokú de Dragón Ball*. Imposible que esto sea tanta coincidencia. Seguramente un hombre como Jamal o Marty viajo en el tiempo hacia al pasado y su nombre anacrónico fue Kamehameha, por alguna extraña circunstancia o porque simplemente era fanático de Dragon Ball y fue lo primero que se le vino a la mente al presentarse ante los nativos hawaianos de hace 200 años. Claro, desde el punto de vista de la actualidad, parece que Akira Toriyama le robó el nombre al rey hawaiano, pero en realidad Toriyama lo había inventado desde antes y este hombre que se convertiría en el rey Kamehameha simplemente usó ese término inventado por Toriyama para nombrarse. Parecerá una tontería, pero esto prueba que la máquina del tiempo ya se inventó en algún momento en el futuro y que ya la están usando, modificando nuestra historia, quien sabe para qué, pero claro, nosotros no nos daríamos cuenta porque la estamos viviendo. Pero a mí no me van a engañar, para nada, este rey es un trucho y yo ya me di cuenta.

Actualización: Como dijo Gus en los comentarios, además, el Rey Kamehameha I fue el líder del primer país que reconoció la independencia argentina en el momento en que firma un "tratado de unión para paz, guerra y comercio" con las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esto ocurre cuando Hipólito Bouchard llega al Reino de Hawái en busca de una embarcación argentina que se creía perdida, la Chacabuco. Allí descubre que en realidad sus tripulantes se habían dedicado a la piratería. Finalmente, con el tratado, el rey Kamehameha I le entrega a Bouchard algunos marinos hawaianos para que integren su tripulación.** Esto no sólo me hace creer que Kamehameha venía del futuro, sino que también me hace pensar que era argentino (o como sea que se llame la Argentina en el futuro).

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* Probablemente no se pronuncie igual, el ataque de Gokú es [káme-jáme-já], y el nombre del rey seguramente se pronuncie [kamejaméja].

** Toda esta información fue extraída del libro "Los Mitos de la Historia Argentina 2", de Felipe Pigna

17 abr. 2010

El secreto

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El secreto
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que lo que dice este papelito es verdad?
—Sí, boludo, es verdad.
—Nah, no te la creo… Contame más.
—No, boludo, no te puedo contar.
—No seas forro, dale, ya me mostraste el papelito y no me vas a contar…
—No es por eso, boludo, no te lo puedo decir. El secreto está escrito porque es incontable…
—¡Me estás cargando!
—¡No boludo! Preguntale a cualquiera que haya leído el secreto.
—Pará, no jodás.
—¡De verdad te digo! Nadie lo puede reproducir, no se puede decir, pronunciar, siquiera balbucear. Es imposible.
—¿En serio?
—¡Claro!
—Entonces es un secreto que nadie puede decir, pero todos pueden leer… ¡pero entonces lo sabe mucha gente! ¿No es peligroso que muchos sepan algo así?
—No. Porque es incontable te estoy diciendo…
—¿Entonces? No me digas que todo el mundo sabe lo que dice el papelito…
—Sí, este es un secreto que todo el mundo conoce.
—¿Eh? ¿Cómo que lo sabe todo el mundo?
—Claro. Lo que pasa es que nadie se atreve a contarlo.
—¿Nadie?
—Nadie. Es incontable.
—¿Y si intento escribirlo?
—Se puede, pero podrías estar años para escribir la primera palabra nomás…
—Ah, dejame de joder, ¡esto es una boludez! ¡Tanto lío por… por… por… por…!
—¿Ves?
—¡Es cierto…! ¡Es increíble!
—Te lo dije.
—Sólo por decir que… que… ¡Ay! ¡Es indecible esto!
—Es una de esos misterios de la vida.
—Puta madre…
Y así, cuando ves a la gente por la calle, vos sabés que todos te miran, pero no dicen nada. Están pensando en el secreto. Te miran y lo piensan, saben que ellos lo saben, saben que vos lo sabés. Pero nadie dice nada, y se suben al tren de vuelta a casa.

18 mar. 2010

En el tren

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La tarde del día de ayer me dirigía a inscribirme a las materias que voy a cursar este primer cuatrimestre en la facultad, y para ello me subí al Roca, en mi querida estación Burzaco; con destino a Constitución. Después de buscar el vagón más cercano a la punta del tren, me acomodé para poder sostener mi lectura con la mano izquierda y con la derecha sostenerme de uno de los aros puestos para tal fin.

Cuando empecé a concentrarme en la lectura, empezaron a pasar los vendedores ambulantes vendiendo todo tipo de chucherías, que sin embargo me llaman la atención muchas veces, por lo barato que están las cosas, galletitas, alfajores, gaseosas, helados, jugos, marcadores, billeteras, porta documentos, lapiceras entre otras baratijas de distinta calidad. Muchas veces con hambre he comprado esos alfajores insípidos de oferta a cuatro por dos pesos y me he arrepentido de la transacción. Otras veces venden cosas interesantes, como dos marcadores, esos para escribir los CDs, dos a dos pesos, que siempre hacen falta, por más que después el olor alcohol te deje un poco volteado.

Pero ayer, una mujer supo llamar mi atención. Al principio, cuando escuché “cuatro alfajores a dos pesos, dos monedas”, me dije que eran otra vez esas porquerías que sabían a porquería, cuando escuché (o medio escuché en realidad, porque había dejado de prestar atención a los gritos de la mujer que cargaba con una caja llena de alfajores con envoltorio celeste) “alfajores blzta”. En un principio creí reconocer lo que ese “blzta” significaba, pero llegué a la conclusión de que mi mente me estaba jugando una mala pasada y al no haber escuchado con atención entendí cualquier cosa, menos lo que vendía la mujer que venía caminando desde el otro lado del vagón. Cuando se acercó más, está vez dejé de lado mi lectura un momento para ver qué vendía en verdad está mujer. Ahí entendí perfectamente y para mi sorpresa: “alfajores Dragon Ball Z, se lleva cuatro a dos pesos, dos monedas, con estickers, los alfajores de Dragon Ball Z”.

El cantito había funcionado en mí perfectamente, el producto me había interesado, alfajores con stickers (¿la palabra “figuritas” o “calcomanías” pasó de moda ya?) de Dragon Ball Z, y tan baratos. De hecho para mi el producto era “stickers con alfajor”, podía haberlo dicho así y también me hubiera interesado. Pero claro, ya no era un chico de 10 años el que quería el producto, era uno de 20 (maldita sea este síndrome de Peter Pan, maldito sea también Peter Pan de paso también) que estaba yendo a inscribirse a la facultad. ¿Qué iba a pensar la gente que estaba ahí si yo paraba a la mujer para comprar los alfajores? Mirá, un pibe de 20 comprando alfajores de Dragon Ball Z, qué vergüenza, qué poca madurez. Y sí. ¿Qué otra cosa iban a pensar? Entonces la mujer me dijo “permiso” cuando pasó por al lado mío y yo la dejé pasar con cortesía.

Continué mi lectura hasta que al final llegué a Constitución, después al Subte, Línea C, Independencia, Línea E, Emilio Mitre, Av. Eva Perón, Av. Directorio, Puán, tercer piso, formulario, Félix Alejandro Lencinas, DNI tal, Gramática “C” y Teoría y Análisis Literario, de vuelta Puán, de vuelta Av. Directorio, de vuelta Av. Eva Perón, de vuelta Emilio Mitre, Línea D, Independencia, Línea C, Constitución y tren de vuelta.

Ahí de vuelta en el tren, después de la mujer que vendía las obleas, apareció un hombre con la misma caja de alfajores celestes, pero esta vez pude ver la cara de Gokú Super Saiyajin fase 1 que me miraba diciendo: “sos grande para esto, pibe”, mientras de su mano un Kame-Hame-Ha anunciaba “Con sticker” (o “Con alfajor”, para mí era lo mismo). Obviamente que si había desistido la primera vez, la segunda vez también lo haría, para serle fiel no sé a qué cosa, quizás a un intento algo idiota de madurar. Pero podía comprar los alfajores para mi hermanito, chiquito, mi primo, o mi hijo incluso, hay padres más jóvenes que yo. Sin embargo mi cara al comprar me iba a delatar, mi expresión, ni el “dame” que le iba a decir al vendedor serían lo suficientemente convincentes para que la gente crea eso. Todos se darían cuenta que quería los alfajores para mí y quizás alguno para mis hermanas. Así que al final me callé y al final compré obleas, para tomar con el mate (“empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos” decía Hernán Casciari) porque tenía que conseguir monedas además y estás gentes siempre tienen monedas.

"...y lo más importante, cada alfajor viene con la fecha de vencimiento en el frente de cada envase" Un poco derrotado, llegué a casa con las obleas sin stickers y le conté, sin embargo, a mi hermana que había visto alfajores de Dragon Ball Z, rellenos de dulce de leche. Qué pensaría Akira Toriyama si algún día se enterara que en Argentina algo tan argentino como un alfajor tiene el nombre y el dibujo de la historieta que él alguna vez dibujo en la década del 80. Mi hermana después de escuchar la extraña novedad del alfajor me dice: “sí, ya sé. Papi compró”. ¿Cómo que papá compró? ¿Por qué él se animó a comprar? Porque claro, él sí los compró con la verdadera intención de darles los alfajores a sus hijos, y bajo esa presunción nadie sospecha que uno de sus hijos tiene 20 años, van a creer que tiene, 6 u 10 como mucho. Ahí nadie lo condenaría. “Mirá, me vino la de Piccolo”, mostraba con orgullo mi hermana el sticker que todavía tenía pegado algo de chocolate, “allá hay más, agarrá uno”. Enseguida fui a buscar uno para mí, y lo abrí. “Debe ser un asco el alfajor, pero yo quiero la figurita”, dije y mordí. Y aunque no estaba tan feo como esperaba, tampoco era una delicia. Pero había conseguido lo que quería, mi alfajor de Dragon Ball Z.

—¿Y? ¿No vas a ver qué te tocó?

—No hasta que termine el alfajor.

—Ah, ¿querés que sea sorpresa?

—Ajá. Bueno, ya terminé. A ver.

—¿Qué te tocó?

—Uh, este pelotudo.
—¿Cuál?

Jeice, el de las Fuerzas Ginyu. Qué mierda.

—Bueno, yo quería a Vegeta.

—Pero por lo menos Piccolo es mejor que Jeice.

Jeice. La puta madre. Menos mal que no compré. Igual lo voy a pegar por ahí.