18 mar. 2010

En el tren

La tarde del día de ayer me dirigía a inscribirme a las materias que voy a cursar este primer cuatrimestre en la facultad, y para ello me subí al Roca, en mi querida estación Burzaco; con destino a Constitución. Después de buscar el vagón más cercano a la punta del tren, me acomodé para poder sostener mi lectura con la mano izquierda y con la derecha sostenerme de uno de los aros puestos para tal fin.

Cuando empecé a concentrarme en la lectura, empezaron a pasar los vendedores ambulantes vendiendo todo tipo de chucherías, que sin embargo me llaman la atención muchas veces, por lo barato que están las cosas, galletitas, alfajores, gaseosas, helados, jugos, marcadores, billeteras, porta documentos, lapiceras entre otras baratijas de distinta calidad. Muchas veces con hambre he comprado esos alfajores insípidos de oferta a cuatro por dos pesos y me he arrepentido de la transacción. Otras veces venden cosas interesantes, como dos marcadores, esos para escribir los CDs, dos a dos pesos, que siempre hacen falta, por más que después el olor alcohol te deje un poco volteado.

Pero ayer, una mujer supo llamar mi atención. Al principio, cuando escuché “cuatro alfajores a dos pesos, dos monedas”, me dije que eran otra vez esas porquerías que sabían a porquería, cuando escuché (o medio escuché en realidad, porque había dejado de prestar atención a los gritos de la mujer que cargaba con una caja llena de alfajores con envoltorio celeste) “alfajores blzta”. En un principio creí reconocer lo que ese “blzta” significaba, pero llegué a la conclusión de que mi mente me estaba jugando una mala pasada y al no haber escuchado con atención entendí cualquier cosa, menos lo que vendía la mujer que venía caminando desde el otro lado del vagón. Cuando se acercó más, está vez dejé de lado mi lectura un momento para ver qué vendía en verdad está mujer. Ahí entendí perfectamente y para mi sorpresa: “alfajores Dragon Ball Z, se lleva cuatro a dos pesos, dos monedas, con estickers, los alfajores de Dragon Ball Z”.

El cantito había funcionado en mí perfectamente, el producto me había interesado, alfajores con stickers (¿la palabra “figuritas” o “calcomanías” pasó de moda ya?) de Dragon Ball Z, y tan baratos. De hecho para mi el producto era “stickers con alfajor”, podía haberlo dicho así y también me hubiera interesado. Pero claro, ya no era un chico de 10 años el que quería el producto, era uno de 20 (maldita sea este síndrome de Peter Pan, maldito sea también Peter Pan de paso también) que estaba yendo a inscribirse a la facultad. ¿Qué iba a pensar la gente que estaba ahí si yo paraba a la mujer para comprar los alfajores? Mirá, un pibe de 20 comprando alfajores de Dragon Ball Z, qué vergüenza, qué poca madurez. Y sí. ¿Qué otra cosa iban a pensar? Entonces la mujer me dijo “permiso” cuando pasó por al lado mío y yo la dejé pasar con cortesía.

Continué mi lectura hasta que al final llegué a Constitución, después al Subte, Línea C, Independencia, Línea E, Emilio Mitre, Av. Eva Perón, Av. Directorio, Puán, tercer piso, formulario, Félix Alejandro Lencinas, DNI tal, Gramática “C” y Teoría y Análisis Literario, de vuelta Puán, de vuelta Av. Directorio, de vuelta Av. Eva Perón, de vuelta Emilio Mitre, Línea D, Independencia, Línea C, Constitución y tren de vuelta.

Ahí de vuelta en el tren, después de la mujer que vendía las obleas, apareció un hombre con la misma caja de alfajores celestes, pero esta vez pude ver la cara de Gokú Super Saiyajin fase 1 que me miraba diciendo: “sos grande para esto, pibe”, mientras de su mano un Kame-Hame-Ha anunciaba “Con sticker” (o “Con alfajor”, para mí era lo mismo). Obviamente que si había desistido la primera vez, la segunda vez también lo haría, para serle fiel no sé a qué cosa, quizás a un intento algo idiota de madurar. Pero podía comprar los alfajores para mi hermanito, chiquito, mi primo, o mi hijo incluso, hay padres más jóvenes que yo. Sin embargo mi cara al comprar me iba a delatar, mi expresión, ni el “dame” que le iba a decir al vendedor serían lo suficientemente convincentes para que la gente crea eso. Todos se darían cuenta que quería los alfajores para mí y quizás alguno para mis hermanas. Así que al final me callé y al final compré obleas, para tomar con el mate (“empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos” decía Hernán Casciari) porque tenía que conseguir monedas además y estás gentes siempre tienen monedas.

"...y lo más importante, cada alfajor viene con la fecha de vencimiento en el frente de cada envase" Un poco derrotado, llegué a casa con las obleas sin stickers y le conté, sin embargo, a mi hermana que había visto alfajores de Dragon Ball Z, rellenos de dulce de leche. Qué pensaría Akira Toriyama si algún día se enterara que en Argentina algo tan argentino como un alfajor tiene el nombre y el dibujo de la historieta que él alguna vez dibujo en la década del 80. Mi hermana después de escuchar la extraña novedad del alfajor me dice: “sí, ya sé. Papi compró”. ¿Cómo que papá compró? ¿Por qué él se animó a comprar? Porque claro, él sí los compró con la verdadera intención de darles los alfajores a sus hijos, y bajo esa presunción nadie sospecha que uno de sus hijos tiene 20 años, van a creer que tiene, 6 u 10 como mucho. Ahí nadie lo condenaría. “Mirá, me vino la de Piccolo”, mostraba con orgullo mi hermana el sticker que todavía tenía pegado algo de chocolate, “allá hay más, agarrá uno”. Enseguida fui a buscar uno para mí, y lo abrí. “Debe ser un asco el alfajor, pero yo quiero la figurita”, dije y mordí. Y aunque no estaba tan feo como esperaba, tampoco era una delicia. Pero había conseguido lo que quería, mi alfajor de Dragon Ball Z.

—¿Y? ¿No vas a ver qué te tocó?

—No hasta que termine el alfajor.

—Ah, ¿querés que sea sorpresa?

—Ajá. Bueno, ya terminé. A ver.

—¿Qué te tocó?

—Uh, este pelotudo.
—¿Cuál?

Jeice, el de las Fuerzas Ginyu. Qué mierda.

—Bueno, yo quería a Vegeta.

—Pero por lo menos Piccolo es mejor que Jeice.

Jeice. La puta madre. Menos mal que no compré. Igual lo voy a pegar por ahí.

5 comentarios:

  1. Estara Majin Boo?
    El gordito con su sonrisa de "vas a moriiiiiiiiiir" era un plato, realmente...
    Que cosa loca esto de combinar anime bien japones y alfajor, aunque berreta, bien argento!

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  2. Niño. Te lo tendrias que haber comprado. que importa el que diran si uno no se da el gusto. Yo me compro lapices de colores y fibras y aunque las vendedoras por lo general me miran con cara de "que pelotuda", los sigo comprando igual.
    Merde alors! je t' aime!

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  3. Je, sí yo también me he privado de comprar cosas que pudieran resultar infantiles y no acorde a mi edad :P Creo que hasta alguna vez he aclarado que era para "mi primita" para que no sospecharan de mi :P
    Saludos!

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  4. jaja vos y tu síndrome de Peter Pan. Félix, los verdaderos hombres son los que no pierden su corazón de niño. Yo también soy de ver dibujitos o de emocionarme cuando veo alguna muñeca de mi infancia y ¡¡tengo 27!! Esto nos hace más humanos, no tengas vergüenza. Es hermoso que seas así.
    :)

    Un abrazote!

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  5. Si bien esto me ocurrió, esto está teñido con un poco de ficción en la parte de la vergüenza... Creo que más no compre porque no quería gastar dos mangos, soy un rata :P

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